03 enero, 2006

Jácara y Patraña (cuento)

De los sonidos de la noche


Yohualli amaneció tendida en un charco de sangre. La cama de fango mitigaba sus respiros, nacía del sueño y moría extraviada en la pesadilla del mundo. Alzó la mano, la del brazo que termina en codo, buscando los senos que habían sido cortados por el machete de la lujuria, por la guillotina -semen ácido- del hombre que ultrajó su cuerpo. Su mano sin mano, sin dedos, mano sin corazón latía furiosa no encontrándose completa, acariciando la beatitud de la pregunta, ¿Dónde está el mundo que provengo? Y por no rendirse se calla, se pierde en el veredicto de la respuesta. Ella toma el recuerdo que dejó la noche, ¡turbia ceniza que entregó a la inocencia!, perdió la forma de mirar con los ojos volteados, haciendo de la tragedia castración de su figura. Su sombra reclamaba origen, su parte necia, antiguo cuerpo de yegua hinchada, el entero, el de pájaros en las manos, de caricias lisiadas, el azul, el verde, rojo carmesí de sus labios, fuego de su vientre, sus menstruados años y fugas transparentes.

La mano iba tras ellos, sus grandes senos de amamantar tristezas, locas ansias de verse entera pese al transcurso de los años muertos de sonrisas, pese a las voces de “¡perra!” en los oídos; iba su mano, rengueando sobre tiempo, los trozos de su piel carcomidos por la lepra contagiada por aquél hijo de puta, parido entre ratas y parias que escapaban de las alcantarillas desde el vientre de su madre que mantenía las piernas bien cerradas, mientras lo alumbraba por el culo. Él, que en preciso momento de caer al escusado maldijo la diarreica apariencia de su destino, no se resistió y tomó del agua la polución convirtiéndola en disfraz, en máscara de “hijo perfecto”, hacha de verdugo que cortaría los senos de Yohualli.

Pasó un invierno en el infierno, quemando con azufre las doctrinas del respeto y la moral, dando forma al “yo supremo”, criminal, cobarde que atenta contra los demás por no atentar contra sí mismo.

Yohualli sabe cuánto quema un témpano de hielo, cuánto duelen los ojos arrebatados de la cara, qué amarga sabe la sangre en la base de la lengua que ha sido arrancada de su sitio para callar los alaridos que perturbaban la noche silenciosa.

Así escribía la historia, su mano, que yacía a unos metros de su cuerpo ultrajado….


©Fernando Labastida,
Guillermo González –México, Junio 2003-

***



Veeeinticinco de Diciembre, fun, fun, fun:


Estaban a punto de dar las doce de lo que había sido un 24 de Diciembre ameno para la familia Grande Granvía, cuyos integrantes jubilados, tras una cena copiosa y unos chupitos de licor de bellota, discurrían acerca de las investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein con la televisión apagada y la criada búlgara limpiando platos en la cocina al tiempo que tarareaba el himno de riego. Los churumbeles en edad de, habían salido ya a algún tugurio a escuchar música jipjó, drogarse, fornicar salvajemente y sin sentido del humor, y todas esas cosas que hacen los jóvenes de 16 años.

Arriba, en su habitación, estaba el orondo Carlitos esperando impaciente que asomase por la ventana Papá Noel y ver si por fin le traía la segunda parte de ese videojuego que tanto le gustaba, ése cuyo intríngulis trataba de conducir un coche a toda leche, atropellando al mayor número de viejecitas posible. Se moría el bueno de Carlitos de tener ya la secuela y miraba el reloj desesperado, ya eran las doce y un minuto y Papá Noel no aparecía. En la segunda parte del juego, por lo que él sabía, además de a viejitas también podías atropellar a bebés que sus mamás habían dejado abandonados en la carretera. Había oído que estos bebés gritaban mucho, y que cuando les pasaba el coche por encima, dejaban de gritar, y que la sangre empapaba los cristales y había que ser diestro pasando el parabrisas antes de chocar con una farola, ya que, de inmolarse había que hacerlo en una universidad, un juzgado o algún otro sitio de esos. Los que habían hecho el juego, definitivamente se lo habían currado de verdad, pensaba Carlitos, ahora sólo falta darle al disco duro, encender el motor y ver qué ocurre, pero para eso, claro, primero ha de venir Papá Noel. Carlitos no dejaba de mirar el rólex, que lo llevaba en la derecha porque le parecía más chulo. Lo había heredado de su hermano el pequeño, que había muerto dos años antes, el angelito. Y estaba Carlitos pensando en lo bueno que había sido su hermanito cuando, de pronto, apareció por la ventana el mismísimo Papá Noel. El traje era el que conocía todo el mundo, pero el hecho de que fuera negro y más joven que su papá le chocaba a Carlitos, que siempre lo había visto así como el abuelo de Heidi en psiquedélico, en los botes de cocacola.

- Hoola Cal-lito. Soy Papá Noé y vengo a traete tus regaaalo.
- ¿Me has traído la segunda parte de mi videojuego, Papá Noel?
- No, mi hijo, que no le tenían en el cortinglé. Pero te he traído el Tetri. ¿Te guuta?
- ¡Sí! ¡Muchas gracias Papá Noel!
- Y ademá, te he traído un dijco, para que lo ejcuche en tu minicadena.
- ¿El de los Marilyn Manson?
- Uy, no, Carlito, mi vida, es este otro de loj Caño ¿Te guuta?
- Sí Papá Noel, siempre me sorprendes. ¡Te quiero mucho!
- ¡Y yo a ti, Carlito! ¡Ven aquí a que te acariciel peelo! ¿Cuántoz añiito tienes ya?
- Trece.
- Muy bien, Carlito, me alegro de que siga efperándome todos lo año. Vengo de muy lejo y sólo voy a ver a lo niño que mantienen la ilusión. Ere un niño muy guapo Carlito. Te voy a dar un supasú. Y te dejo que juegue con tu juegueete
- Gracias Papá Noel.
- ¿Tus papás tan abajo?
- Sí, en el salón.
- Pue hale, voy a verlos, antes de ime, que ya me estáng pitango lo reno.
- Adiós Papá Noel.
- Adió Carlito. Y no te olvide de ser bueno.

Papá Noel baja al salón donde a estas alturas los papis y los titos de Carlitos están hablando de la importancia estética en la última película de Kiarostami.
- ¡Tú otra vez!- gritó el padre de Carlitos señalando a Papá Noel y mandando al tiesto las sesudas opiniones de su hermano el psicoanalista ruso.
- Hola zeñoore, que reine la tranquilidá, que he venido a traeles su regaalo.

Avanzó Papá Noel patizambo hacia la mesa que rodeaba a la familia Grande Granvía y consiguió al tercer intento subirse en ella. Una vez en el centro de la mesa, se desabrochó los pantalones e hizo fuerzas para hacer de vientre al lado de la botella de champán, pero no lo consiguió. Decepcionado, se bajó de la mesa despacio, casi lloroso.
- ¡Qué difici e zer Papá Noé en lo tiempo que corren!
Y se fue.
La tía Claudia, institutriz y ebanista, no dejaba de aplaudir emocionada.

Sélavy –España-
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